Nuevamente la vendaron los ojos para salir allí. Nuevamente por su seguridad. El problema es que todo aquello no hacía más que acrecentar su nerviosismo porque, aunque ahora al menos sabía a qué se debía todo aquello, seguía con la sensación de haberse metido directamente en la boca del lobo. Y no era para menos, en caso de hacer un único movimiento malo podía ser devorada por un lado o por el otro, casi como una ficha de Go roja en mitad de la mesa.